EL TRABAJO CON LAS EMOCIONES
Los trastornos emocionales han llegado a convertirse en una importante fuente de sufrimiento psicológico. Como posible solución a este problema, diferentes sistemas terapéuticos abogan por distintos métodos como, por ejemplo, la alternativa de la expresión, más o menos descontrolada, de las emociones con el objetivo —se afirma— de agotarlas. Pero este abordaje parece obviar el hecho de que, cuanto más expresamos y recalcamos una determinada emoción, más reforzamos la tendencia a que surja de nuevo. Sin embargo, la opción contraria, la proporcionada por la represión religiosa tradicional, tampoco nos brinda un panorama nada halagüeño.
Tanto la represión como la vivencia desenfrenada de nuestra vida emocional constituyen meras evasiones o tentativas de eludir una fuerza que es capaz de dominar y secuestrar nuestra voluntad. La represión constituye un escape hacia el interior, hacia el polo subjetivo de la experiencia, mientras que la disipación o la expresión desaforada de las emociones constituye una huida hacia el polo exterior objetivo. En un caso, se trata de renunciar a las emociones ocultándolas, sofocándolas y congelándolas. No en vano se habla de «permanecer frío como el hielo» y del «tronco seco y las frías cenizas». En el otro caso, simplemente se trata de despilfarrar y descargar la energía emocional acumulada.
Creemos que luchar o discutir constituyen genuinas expresiones de ira o que el uso inveterado de cuerpos y objetos para satisfacer nuestros apetitos es la consecuencia de un deseo auténtico. Pero, en realidad, cuando se analiza detenidamente la situación, nos percatamos de que, en el fondo, ambas alternativas constituyen un intento indirecto de acabar con una ira y con un deseo que no pueden ser asimilados tal como son. Lo que buscamos principalmente es alterar, distorsionar o acabar con las secuelas internas del movimiento de la energía emocional. No estamos preparados para relacionarnos directamente con nuestras emociones y, en consecuencia, las relacionamos con personas, situaciones y objetos externos.
¿Pero, qué se entiende por emoción? En un principio, el término «emoción» (pathos, en griego) se utilizaba para designar el movimiento en general. Asimismo, se consideraba que los fenómenos naturales como los terremotos, las tormentas, etcétera, representaban las diversas emociones de la Madre Tierra. Conservando lo esencial de su significado etimológico, la psicología occidental define a la emoción como una excitación del ánimo acompañada de fuerte conmoción somática, aludiendo así a aquellas experiencias que hacen cambiar el color de la piel, alteran el latido cardiaco y aceleran la respiración, entre otros síntomas. Se distinguen de los sentimientos porque éstos no tienen la misma incidencia física, suelen ser menos intensos y estar más influenciados por contenidos y valores tanto personales como culturales.
La psicología budista nos acerca a la comprensión de la vida emocional a través del camino «medio» que trata de evitar tanto la represión como la disipación de éstas. Así, dependiendo de la habilidad e inteligencia de cada persona, en el budismo el trabajo con las emociones se enfoca de tres métodos: la renuncia o la aplicación del antídoto (perteneciente al ciclo del sutra), la transmutación (encuadrada en el tantra), y la «no-dualidad» (relacionada con el mahamudra, el atiyoga o las formas más depuradas del zen).
Según la psicología budista, existen tres tipos de tendencias emocionales básicas (kleshas) que se denominan apego, aversión e ignorancia, aunque no se les puede atribuir propiamente la categoría de emociones en cuanto que sólo son meras potencialidades pre‑conscientes que desembocarán, en algún momento, en experiencias concretas. A estas tres tendencias emocionales básicas se añaden el orgullo y la avaricia. El primer rasgo a destacar es que, abundando en la diferencia existente entre emociones y sentimientos, en esta lista tradicional no aparecen el amor, la benevolencia, etcétera. Asimismo, todas las emociones citadas tienen una connotación conflictiva, no podemos olvidar tampoco que se las relaciona —aparte de otras conexiones simbólicas— con las cinco sabidurías o con determinadas cualidades iluminadas, buscando subrayar con ello que la ignorancia no se halla absolutamente separada de la sabiduría. El mandala de las cinco emociones y las cinco sabidurías es un diagrama no-dual.
Llama la atención que, según este modelo unitario, el desconocimiento —la ignorancia— sea considerado como una emoción, lo cual nos señala una vez más que, desde la perspectiva del budismo, no existe una brecha insalvable entre el cuerpo y la mente, entre emoción y pensamiento, sino que ambos forman parte de una estructura funcional unitaria. La base del ser es la apertura completa. La esencia de la percepción es la captación inmediata —o, como dirían los filósofos, intuitiva— de la realidad. Pero la realidad de la que hablamos no tiene nada de extraordinario sino que tiene que ver, más bien, con el descubrimiento de nuestras mentiras cotidianas, de nuestra constante contradicción entre lo que hacemos, decimos y pensamos.
Pero pasemos a dilucidar ahora cuáles son las principales emociones con las que debemos trabajar. Según el budismo, existen cinco emociones principales: ignorancia, rechazo, orgullo, apego y envidia. ¿Pero de qué modo se define cada una de ellas?
La ignorancia o el desconocimiento (avidya) es el espacio original tomando conciencia de sí mismo. El desconocimiento se halla relacionado con la gama emocional de la opacidad mental, la soñolencia, la pesantez, el sopor, la distracción y el aburrimiento.
Debemos hacer mención especial del aburrimiento, que es tal vez el principal motor de nuestras acciones. El tedio nos hace sentirnos constantemente insatisfechos y nos lleva a buscar la diversión (cuyo sentido etimológico es el de dualidad). Buscamos nuevas experiencias para romper nuestra monotonía existencial, para tratar de ser otros.
Si los dioses buscan la densidad de las experiencias infernales es porque su etérea condición acaba resultándoles tediosa. Si tratamos de meditar es porque nuestra vida nos resulta aburrida y queremos, por así decirlo, cambiarla. Buscamos entonces una técnica sensacional o algún poderoso maestro que, durante algunos años, nos permita olvidarnos de nuestro tedio existencial. Pero, a la larga, el aburrimiento vuelve a aflorar y tenemos que seguir buscando nuevas experiencias que jamás lograrán satisfacernos completamente.
Uno de los principales objetivos de la meditación es llegar a comprender la estructura del aburrimiento, lo que en otros contextos, se denomina «mente ordinaria». Porque sólo entonces podremos quedarnos meramente con lo que es sin necesidad de adornarlo, complicarlo ni manipularlo en modo alguno.
Cuando el espacio original es consciente de sí mismo aparece la noción de un sujeto separado. Según el budismo, el origen de la ignorancia es un movimiento inevitable que carece de causa primera. Por esa razón, en su manifestación más primaria, recibe el apelativo de «ignorancia coemergente». Según las enseñanzas budistas, la sabiduría constituye la comprensión de la no-dualidad última de ignorancia y vacuidad.
Por otro lado, en el momento en que tiene lugar la partición en el espacio original, una separación entre el otro y el yo, ese otro que he extrañado puede resultar tan desconocido como amenazador y es así como aparece también la noción del objeto, el otro, el elemento desconocido, el elemento sorpresa y, con ésta, surge también el temor, que es una emoción primaria muy próxima a la emoción fundamental de la ignorancia.
El rechazo —la aversión o el odio— constituye un movimiento de separación o distanciamiento de aquello que desconocemos y tememos y lleva implícita la cualidad de la violencia y la irritabilidad. La no-dualidad de aversión y vacuidad es claridad
Habiendo cobrado conciencia de uno mismo como una entidad separada, absoluta e independiente y concibiendo, al mismo tiempo, la existencia de algún otro, uno trata de apoderarse de ese otro para completarse a sí mismo. Así, el deseo es un movimiento para apropiarse de algo de lo que aparentemente uno carece. Se relaciona al deseo con el gozo porque el objetivo del deseo es llegar al disfrute, el placer y la felicidad. Seguimos abocados, pues, a un planteamiento dualista de la situación que divide el espacio original en sujeto y objeto. En este espacio original no hay sujeto ni objeto y, por tanto, el deseo y el gozo no están separados de manera absoluta. El deseo se consume a sí mismo en el gozo. El gozo está presente en el deseo. La unión de deseo y vacuidad es gozo supremo incondicionado.
El gozo es una cualidad básica de la auténtica naturaleza de la mente mientras que el placer y el dolor son creaciones de la conciencia condicionada. El tantra nos enseña a invocar el gozo mediante un simple acto volitivo, sin recurrir a medios externos (sexo, poder, drogas) ni internos (como yoga, meditación, etcétera), aunque unos y otros pueden brindarnos reflejos más o menos perfectos del estado de gozo natural de la mente. En realidad, todos los estados emocionales producidos por el yoga, la meditación, las drogas, etcétera, son una imitación o una replica de lo que somos. Lo único que ocurre es que no aprovechamos integralmente el potencial creativo de la mente tal como es. Todas esas técnicas nos muestran «cómo» es la libertad pero siguen siendo métodos condicionados. Son técnicas de liberación pero no son la libertad. Según el budismo tántrico, dado que el gozo es inherente a todo acto de conciencia, entonces, ver, oír, oler, saborear, tocar, sentir y pensar son en sí mismos actos gozosos. Sin embargo, nuestros hábitos (prejuicios) perceptivos y conceptuales nos impiden descubrir ese estado natural de felicidad incondicionada. Estos hábitos nos llevan a denigrar cada vez más la realidad y a nosotros mismos hasta que, finalmente, la vida acaba pareciéndonos una broma de mal gusto, el cuerpo una prisión sórdida y el amor un pozo de pesadumbre.
Pero, además del gozo, hay otros elementos esenciales de la verdadera naturaleza de la mente que son inherentes a todo acto de conciencia. La claridad, la luminosidad, la clara luz, la radiancia natural de la conciencia, o como quiera denominarse, es otro de los factores que se halla presente en cualquier instante de conciencia. Se trata de la cualidad del despertar, de la atención, de la vigilancia...
Otro factor esencial es la no-conceptualización, o apertura. Ese término podría ser traducido en otros contextos como vacuidad, aunque siempre debemos tener presente que no podemos hablar de la vacuidad en sí, sino que siempre debemos referirnos a la vacuidad de algo. Del mismo modo, cuando hablamos de apertura también hablamos de abrirnos a algo; en otro sentido, la expresión «apertura existencial» es otra manera de referirse a lo que en el budismo se define como «ausencia de existencia inherente». Somos seres esencial, existencial, biológica, social, existencial y epistemológicamente abiertos.
Nos cerramos a la esencia del conocimiento, a la conciencia que todo lo sabe, porque no podríamos soportar el crudo impacto de la realidad. Erigimos barreras conceptuales y colgamos etiquetas de las cosas y las personas con el fin de conjurar el temor que nos produce lo desconocido, lo incontrolable. Nos escondemos tras innumerables corazas y máscaras para protegernos del impacto directo de la realidad y, así, dejamos de sentir porque nos da miedo vivir.
Por otro lado, en el contexto de las enseñanzas sobre la verdadera naturaleza de la mente, también se habla de la libertad natural de la mente. Cada acto de conciencia conlleva en sí la liberación del propio acto y de sus resultados. Para ello, tan sólo hay que dejar los pensamientos y las experiencias tal como son, en su propio lugar, sin alterar, sin cambiar nada, permitiendo que fluyan libremente.
Volviendo al tema de las emociones, debemos señalar que no experimentamos las emociones directamente, sino tan sólo nuestra proyección acerca de ellas. Hay que llegar, por tanto, a sentir la textura y la cualidad intrínseca de cada emoción como si estuviéramos contemplando un bello atardecer, una tormenta virulenta o cualquier otro fenómeno de la naturaleza. Si conociéramos las emociones veríamos que no son lo que parecen. Necesitamos mirar al desnudo nuestro mundo interno y externo y no avergonzarnos ni albergar temor alguno por lo que podamos descubrir.
En suma, hay que lograr la máxima precisión en la percepción de nuestra situación real y llegar a liberar la vida emocional de su dependencia de nuestros hábitos mentales y perceptivos. Un método que puede, al comienzo, ayudar a lograr esta precisión y honestidad en la percepción de nuestras emociones es el llamarlas por su nombre cuando surgen. Por ejemplo, si sentimos rechazo, consignamos mentalmente «rechazo, rechazo...», al tiempo que observamos el desarrollo de la emoción detenidamente. Procedemos del mismo modo con cada situación emocional. Se abre así un nuevo espacio de aprendizaje y se genera una relación con la emoción más parecida a una investigación que a un burdo intento de dominio o de evasión.
En este nivel de práctica también se aplica la llamada meditación del «antídoto», donde uno trata de producir el estado mental contrario a la posible emoción conflictiva en el momento en que ésta tiene lugar. Es importante subrayar que el cariz de instantaneidad de la técnica en cuestión es lo que la distingue del concepto tradicional de renuncia con el que, no obstante, guarda cierta similitud, aunque en la técnica aquí propuesta no se trata tanto de reprimir como de equilibrar las manifestaciones de la energía emocional.
Así, tradicionalmente se aconseja que, cuando predomina la energía emocional del deseo, se debe tratar de generar un sentimiento de rechazo hacia el objeto que suscita dicho deseo. Cuando nos vemos arrastrados por el odio debemos tratar de generar benevolencia hacia todos los seres sin excepción. Cuando es la ignorancia la que campa por sus fueros debemos meditar sobre la dodúcuple cadena de origen interdependiente. Cuando predomina la envidia hay que reflexionar en el hecho de que todos los seres somos iguales, puesto que todos buscamos la felicidad y tratamos de evitar el dolor. Cuando predomina el orgullo se medita en nuestras relaciones con los demás para cobrar conciencia de que todos nos necesitamos mutuamente. Por último, se dice que si hay un predominio homogéneo de las cinco emociones hay que prestar atención al flujo de la respiración.
En la segunda perspectiva, la vía de la transformación, se comienza a experimentar y comprobar la naturaleza abierta de las emociones. La técnica a emplear sería la de transformación o, más propiamente, de transmutación, utilizándose medios ordinarios (los sutras) y especiales (los tantras) para llevarla a cabo.
Un término bastante cuestionable en el presente contexto, aunque muy en boga gracias al psicoanálisis, y que puede inducir a confusiones, es el de sublimación, es decir, la sustitución de un estado mental molesto, frecuentemente de carácter sexual, por algún tipo de expresión no‑sexual socialmente aceptable. En la transformación budista, por el contrario, no se rechaza ninguna emoción, sino que lo que se hace es permitir que ésta se manifieste con un contenido espiritual. Tradicionalmente se pone el ejemplo del oro que, en principio, se halla mezclado con la mena, pero que, tras la debida purificación, adquiere su valor característico.
En el sutra, la práctica de transmutación por excelencia, se denomina «dar y recibir» (ton‑leng) o «la transmutación del veneno en ambrosía», un método consistente, básicamente, en la toma consciente del sufrimiento ajeno, en cualquiera de sus variantes, y en su transformación, por medio de una especie de alquimia interna, en felicidad. Asimismo, el proceso se invierte, pues toda la felicidad que uno pueda sentir ha de ofrecerla a los demás. Se habla en este contexto de «tres objetos, tres venenos, tres fuentes de felicidad», lo cual se explica de la siguiente manera. En nuestra relación con los objetos agradables, desagradables o neutros, engendramos constantemente los denominados tres venenos (apego, aversión e ignorancia), entonces, cuando surge, por ejemplo, un sentimiento de apego hay que pensar: «Puedan todas las formas de apego de todos los seres fundirse en mi apego. Puedan todos los seres poseer la fuente de la virtud consistente en la ausencia de todo apego. Pueda mi apego servir para destruir todas sus disposiciones negativas y, de este modo, se vean privados de ellas hasta la obtención de la budeidad.» Y se procede del mismo modo con las otras emociones y estados mentales positivos, negativos o neutros. El objetivo de esta meditación es superar la «autoestima» que, para la psicología, budista es la causa última de todos nuestros desequilibrios mentales.
Por su parte, los métodos tántricos utilizan otro tipo de técnicas de transformación, tales como la fase de creación (donde uno concibe su mente y su cuerpo como los de una deidad y el entorno como la residencia de esa deidad) y la fase de perfección que incluye prácticas con los canales (nadi), vientos (prana), y energía creativa (bindu). Mediante dichas prácticas se armonizan las distintas emociones con su verdadera naturaleza.
Cada deidad representa una de las infinitas variedades que puede adoptar la energía emocional en su estado original. De ese modo, suele simbolizarse la cualidad gozosa del deseo iluminado, la apertura y la desnudez esencial de la mente con las deidades pertenecientes a los ciclos del denominado «tantra madre», del cual se dice que sirve para utilizar el apego en el sendero espiritual. Las deidades encuadradas en el «tantra padre» o masculino representan la energía pura del odio despierto, no sometido a las manipulaciones del ego y capaz de poner en funcionamiento una enorme cantidad de energía para el logro de sus propósitos. Aquí, la emoción principal que sirve como base de transmutación es el rechazo. Si el tantra madre representa a la sabiduría, el tantra padre simboliza el método.
Karma Chagmed Rinpoche, un prestigioso lama del siglo XVII, apunta una técnica sintética de transformación de las emociones que resumimos por su extrema sencillez y a modo de conclusión del presente apartado.
Cuando emerge una emoción conflictiva, se debe evocar inmediatamente el mantra de la vacuidad (om svabhava suddho sarva dharma om svabhava suddho ham), recitado al inicio de numerosas liturgias tántricas, al tiempo que se imagina que las cinco emociones principales se transforman en los cinco budas primordiales. De este modo, la aversión se transforma en Aksobhya; el orgullo en Ratnasambhava, el deseo en Amitabha, la envidia en Amogasiddhi y la ignorancia, por último, en Vairocana.
Visualizamos entonces que, desde estos cinco budas, emana luz que colma los confines de todos los universos y reinos de existencia y purifica a sus moradores de los condicionamientos derivados de las emociones conflictivas. La luz retorna nuevamente y se disuelve en las formas de los budas, los cuales desaparecen a su vez en la vacuidad. Esta meditación debe ponerse en práctica en el mismo momento en que surge cualquier emoción conflictiva.
Por otra parte, un ejemplo de aplicación en una sola sesión de los tres métodos —renuncia, transformación y liberación natural— nos lo proporciona Jamgön Kongtrül y dice así: «Tan pronto como surge, por ejemplo, un pensamiento de deseo, debemos pensar "Desde este momento hasta la iluminación, me purifico todos los pensamientos relacionados con el deseo".
»Después pensamos que cualesquiera pensamientos conflictivos ordinarios de deseo puedan surgir se hallan en las mentes de todos los seres tan innumerables como el espacio, así como pensamientos de deseo que obstaculizan las mentes de los guías espirituales del Dharma. Pensamos que este deseo [universal] se funde en nuestro propio deseo y que las mentes de todos los seres se ven, de ese modo, libres del deseo.
A continuación, generamos la intención de utilizar este deseo en nuestra práctica de las dos fases [de creación y de perfección] para, de ese modo, poder establecer a todos los seres en el estado de Vajradhara, y visualizamos que nos convertimos en un Heruka, como Chakrasamvara, por ejemplo, en unión con su consorte... Imagina que tu guru-raíz se sienta, sobre un loto, un sol y una luna, en el mandala de tu corazón y ruégale fervientemente que te conceda la gracia para poder percibir que cualquier pensamiento de deseo es la sabiduría del discernimiento.
Entonces contempla directamente en tu mente la inseparabilidad del maestro, de la deidad y del deseo. La meditación debe ser mantenida desde el momento en que surge el deseo hasta que se resuelva la situación.
Para concluir, debemos efectuar una plegaria de dedicación de méritos, como por ejemplo: «Que gracias a la virtud desarrollada con esta práctica, sea capaz de eliminar los pensamientos de deseo de los seres engañados y los obstáculos que impiden a los practicantes del Dharma recorrer todos los estadios y caminos. Pueda ser realizada la unión de gozo y vacuidad».
Y aplicamos este tipo de meditación también al resto de emociones conflictivas.
Por su parte, en la fase de perfección el deseo se transmuta en gozo mediante la práctica del calor místico interno (chandali), el odio se funde con la comprensión de la ausencia de existencia independiente mediante las técnicas del cuerpo ilusorio (mayakaya), y la ignorancia se transmuta con la experiencia de la clara luz, un símil para referirse a la capacidad más sutil de percepción, mediante las técnicas del yoga del sueño.
Otro tipo de aproximación consiste en la vivencia desnuda y sin barreras de la emoción, tal como se enseña en el mahamudra, en el atiyoga o en las formas avanzadas de zen, que constituyen la práctica esencial del budismo y consideran que las emociones son, en sí mismas, el estado iluminado. De ahí, por ejemplo, que se afirme que «a más pasiones, mayor sabiduría», o que «las emociones perturbadoras son el combustible que alimenta el fuego de la sabiduría».
En el contexto del mahamudra, se enfoca la cuestión del siguiente modo. Tras haber logrado un estado de concentración y paz mental estables, el meditador debe suscitar una emoción de apego o aversión con gran claridad y fuerza. Entonces, debe analizarla, tratando de determinar si la emoción posee forma, soporte o color concretos. Se observa su aparición, permanencia y desaparición desde todas las perspectivas posibles, y se repite el examen tantas veces como sea necesario sin permitir que la emoción, sea del tipo que sea, se disipe con lo cual desaparecería el objeto de meditación.
Tras un período, más o menos prolongado, se comprueba que los pensamientos y las emociones identificados (positivos o negativos) carecen de origen, color, soporte, configuración o identidad propias, y que la mente se armoniza, por sí misma, en un estado de percepción no‑dual. Sin embargo, se debe proseguir suscitando emociones cada vez más intensas con el fin de fortalecer esta experiencia. Las emociones y los pensamientos se convierten entonces en la raíz de la meditación, lo cual se considera más provechoso, desde el punto de vista de la sabiduría, que la meditación de absorción en un estado de profunda quietud mental.
Hay que comprender, en definitiva, que todas las emociones y pensamientos surgen y desaparecen exactamente en el mismo momento, como un trazo dibujado en el agua o como el cuerpo de una serpiente que se enrosca y desenrosca simultáneamente. Carecen, por tanto de duración y no hay un intervalo entre su surgimiento y su desaparición, porque no son «cosas». Este reconocimiento se conoce también como «liberación súbita», un sinónimo para referirse a la liberación natural.
Hay un ejemplo atribuido al Buda que resume lo dicho anteriormente. Si todo el suelo estuviera cubierto de afiladas espinas y quisiéramos atravesarlo, sólo tendríamos dos opciones. Podríamos arrancar todas las espinas de nuestro camino, lo que supondría un arduo esfuerzo o ponernos un par de buenos zapatos. Del mismo modo, al relacionarnos con nuestras emociones podemos emplear una aproximación, como la «meditación sobre el antídoto» o cualquier técnica de transformación, que se aplica a cada emoción particular, o podemos tratar de obtener un conocimiento que sea aplicable en todo momento y circunstancia, esto es, el conocimiento de la verdadera naturaleza de la mente y las emociones.
Resumiendo, aquello que se aborda en el sutra a través de la renuncia y que, en la mayoría de los vehículos tántricos, se trabaja por medio de la visualización, la purificación y la transformación, en el mahamudra y el atiyoga se acomete directamente. Los tratados meditativos aportan detalles prácticos sobre el modo de llevar a cabo la liberación o el reconocimiento del estado naturalmente libre de todas las experiencias.
Cuando surge, por ejemplo, una emoción conflictiva de apego o rechazo hacia cualquier persona u objeto, se debe determinar claramente, en primer lugar, cuál es su raíz, si posee forma, color, configuración específicas o si puede localizarse en alguna zona del cuerpo o fuera de éste, etcétera. Debe observarse la emoción con la misma determinación con que se molería un hueso hasta reducirlo al polvo, y no perder de vista la apertura y la claridad esencial de la mente mientras se mantiene viva la experiencia en toda su intensidad. Así, cuando se lleva a cabo esta minuciosa observación, se descubre que la experiencia se halla vacía —es decir, carece de forma, esencia o localización definitivas— y que el sujeto o la conciencia también es inasible y no posee una existencia independiente. No es necesario cultivar la sabiduría y tampoco es necesario abandonar la experiencia conflictiva porque la sabiduría se halla en la misma experiencia cuando ésta es contemplada en su auténtica naturaleza. Parafraseando a Patrul Rinpoche, un prestigioso maestro tibetano del siglo pasado, podría decirse que no hay que seguir —renunciar, purificar o transformar— al objeto de la experiencia sino tan sólo contemplar a la misma conciencia que experimenta. La llamada iluminación no consiste más que en el reconocimiento del estado intrínsecamente libre de la experiencia en el mismo instante en que ésta surge.
Me gustaría concluir subrayando que todos los procesos mencionados persiguen la desobjetivización, el deshielo o el libre flujo de nuestra vida interior y no una solidificación en estructuras muertas. El trabajo sobre las emociones —al igual que la práctica de cualquier método meditativo— es eminentemente individual y hay que evitar en lo posible la teorización excesiva. La medida del éxito en este trabajo —como en cualquier otro trabajo espiritual— vendrá dada por el tipo de relación que establezcamos con nuestros semejantes en la vida cotidiana.
